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Selección de cuentos de ajedre
Hacía bastante tiempo, demasiado, que no pasaba por el parque Rivadavia. En una época, no hace mucho, se había convertido en una costumbre para mí recorrer los distintos puestos allí instalados en busca de libros de autoayuda y similares, los cuáles, por supuesto, conseguía a precios más que accesibles. Esta vez me interesaba uno de Bucay, por lo que ni bien dispuse de un tiempo libre después del trabajo, no lo dudé y me tomé el subte hasta la estación Acoyte. Y vaya si no lo encontré cambiado. Ahora todo estaba mucho más ordenado y prolijo, y hasta el perímetro del parque propiamente dicho se hallaba resguardado por una verja, con garita de seguridad y todo. Si bien había ido en busca de un libro, luego de recorrer algunos puestos, me entretuve mirando una partida de ajedrez que sostenían un par de jubilados en una de las mesas de juego adyacentes a la feria. No es que sea una aficionada a un juego tan cerebral, el caso es que me divertían los improperios, siempre en tono de broma, que los viejos se lanzaban el uno al otro con cada movimiento que realizaban. - Dale viejito, comportate que tenemos público - dijo uno al reparar en mi presencia, y guiñándome un ojo en forma cómplice le cantó jaque mate a su oponente. - ¡La puta madre que te parió! - exclamó el derrotado, y, tras pegar un fuerte puñetazo en la mesa, se levantó y se fue. Selección de cuentos de ajedre
- Este viejo zorete no aprende más - comentó el vencedor, uno de esos típicos galanes maduros, picaflor consuetudinario, de sesenta y pico, el rostro surcado por marcadas arrugas que delataban una vida tórrida e intensa, el pelo blanco cubierto por una gorra acorde, de esas que usan los hombres de su edad. - ¿Te gusta el ajedrez? - me preguntó luego, al quedarnos solos los dos. Pude haberle dicho que no, darme la media vuelta e irme, en vez de eso le seguí la corriente. Quería ver hasta donde era capaz de llegar. - Un poco - asentí. - Vení, sentate y juguemos una partida - propuso. - Soy una pésima jugadora - le aclaré. - Prometo no humillarte - prometió. Me senté entonces frente a él y acepté el reto. Y aunque intentó por todos los medios no precipitar el ineludible final, tras unos pocos movimientos me hizo jaque mate. - Le dije que era una pésima jugadora - le recordé. - Nada que no pueda remediarse, si querés puedo darte algunas lecciones, las nociones fundamentales - me ofreció con el lógico interés de entablar una rápida relación conmigo. - No quisiera molestarlo - repuse. - Para mí sería un placer - insistió. Le sonreí, miré el reloj y terminé aceptando la inusual propuesta. ¿Acaso estaba intentando seducirme?, me preguntaba. Su ofrecimiento posterior no me dejó ninguna duda al respecto. - ¿Qué te parece si vamos a mi departamento?, está acá nomás, cruzando el parque, vamos a estar mucho más cómodos y, además, podemos tomar algo -. Cualquier otra mujer en mi lugar habría considerado aquello como la propuesta insolente de un viejo verde. Yo, en cambio, lo tomaba como lo que era, un simple intento de seducción. Selección de cuentos de ajedre
¿Se le pararía todavía al viejo?. Supuestamente sí, ya que de lo contrario no me hubiera hecho semejante invitación. Se hacía por demás evidente que su verdadera intención no era enseñarme los secretos del ajedrez, sino cogerme y, sinceramente, yo no estaba dispuesta a arruinarle la ilusión. - ¿Su esposa no dirá nada? - le pregunté. - Soy viudo - contestó. - Lo siento, no quise. -. - No hay problema, fue hace mucho, ya estoy acostumbrado a vivir solo - me disculpó. - Bueno, entonces estaré encantada de convertirme en su alumna - le aseguré, haciendo que sus ojos se llenaran de una luz que antes había notado opacada. - Entonces, ¿vamos? - dijo. - Vamos - asentí, y, sin nada más que agregar, nos levantamos, dejamos atrás las mesas de juego y cruzamos en diagonal el parque. El viejo vivía justo enfrente, en uno de los edificios ubicados sobre la calle Rosario. Entramos, subimos al ascensor y nos bajamos en el octavo piso. - Ponete cómoda, como si estuvieras en tu casa - me dijo ya en el departamento. Dejé la cartera en una silla y me acerqué a la ventana a contemplar el paisaje mientras él acomodaba sobre la mesa un rústico tablero de ajedrez con piezas talladas en madera. - ¿Qué te gustaría tomar? - me preguntó ya una vez que estuvo todo listo. - Algo fuerte estaría bien - asentí. Sirvió entonces en sendas copas un delicioso licor de chocolate, colocando la botella a un costado. Brindamos e iniciamos la partida. En apenas unos minutos me liquidó, aunque haciéndome en todo momento precisas indicaciones acerca de mi juego. Selección de cuentos de ajedre
- ¿Sabe una cosa?, creo que jugaría mucho mejor bajo un poco de presión, ¿qué le parece si apostamos algo? - le propuse antes de la revancha. - ¿Algo como qué?, ¿plata? - quiso saber. - No, eso sería muy vulgar. mmmhhhh - me hice la que pensaba -¡qué tal esto!, una pieza, una ropa, eso sería emocionante, ¿no le parece? -. - Querés decir que. -. - . por cada pieza perdida, hay que sacarse algo de ropa y así hasta el final, lo jugué alguna vez pero con cartas, ahora que me acuerdo creo que perdí - le expliqué. - ¿Y después qué?, digo, cuando el que pierda quede desnudo - quiso saber. - Bueno, las reglas dicen que el vencedor tiene el derecho de pedirle al perdedor cualquier cosa que desee - más explícita no podía ser. - ¿Cualquier cosa? - preguntó con los ojos desorbitados. - Cualquier cosa - enfaticé. Por supuesto que no fue necesario que se esforzara demasiado para vencerme en unos pocos movimientos, y, a decir verdad, yo tampoco le opuse demasiada resistencia que digamos. Así, ante su perpleja y lasciva mirada, me fui sacando primero la camisa, luego la pollera, los zapatos y las medias. Cuando me quedé en bombacha y corpiño, me cantó jaque mate. ¡En apenas unos minutos me había quedado completamente desnuda! Al terminar, entonces, el juego, bebí un sorbo del licor, me crucé de piernas en la silla y le recordé: - Ahora tiene que pedirme cualquier cosa que desee -. Se levantó, se me paró enfrente y me dijo: - Quiero que. me la chupes -. Desde abajo le sonreí complacida, no esperaba otra cosa. Separé las piernas, me arrimé un poco más a él y comencé a palparle la bragueta del pantalón, pero, pese a mi insistencia, no Selección de cuentos de ajedre
podía sentir nada ahí debajo que revelara la excitación que el jovato expresaba en su rostro. Nada de nada, ni siquiera un leve abultamiento. Y eso que soy bastante buena palpando. ¿Acaso era que no se le paraba? Le bajé el cierre y metiendo un par de dedos adentro le corrí el calzoncillo. Lo que descubrí casi me tira el alma al suelo. El miembro le colgaba como un pellejo mil veces inútil e inservible, lastimosamente encogido. Aún así no me amilané en lo absoluto, se lo agarre con dos deditos, lo saqué afuera y me lo metí en la boca, masticándolo, succionándolo, atragantándome con los pelitos erizados que florecían esplendorosos a su alrededor. Me la sacaba de a ratos de la boca y se la lamía, le lamía también los huevos y volvía a comérmela, otra vez entera, insistiendo con la lengua y los labios, recorriéndola desde la base hasta la punta, chupándole y recontrachupándole la blandengue cabeza como si de un apetecible bocado se tratara. Pero. así y todo nada pasaba. Ni el más mínimo corcoveo. ¿Para qué me había llevado a su casa? ¿Para hacerme sufrir, para torturarme? Con el rugoso pedazo todavía en la boca, levanté la mirada y lo miré inquisitiva, desilusionada. - No te preocupes, a veces pasa, y para eso tengo el mejor de los remedios - me aseguró devolviéndome el alma al cuerpo. Me sacó entonces la impresentable pija de la boca y desapareció por una de las puertas, regresando poco después con renovadas ínfulas. Selección de cuentos de ajedre
- Vení, vamos a la cama - me dijo, y tomándome de la mano me llevó al dormitorio. - ¿Y ese bendito remedio? - le pregunté. - Es viagra, ya lo tomé, ahora sólo hay que esperar que haga efecto - me confió. - ¡Viagra!, nunca lo hice con alguien que tomara viagra - me entusiasmé. - Entonces te vas a sorprender - me aseguró acariciándome lascivamente el culo. Ya en la cama, recostados el uno junto al otro, desnudos, esperamos el tiempo necesario. Agarrándosela con una mano se la meneaba rítmicamente, de arriba abajo, colaborando con tal prodigio químico, consiguiendo, ahora sí, magistrales resultados. La pija del viejo no tardó en endurecerse entre mis dedos, y para cuando alcanzó el volumen suficiente se la volví a chupar, atracándome con su más que respetable tamaño. Pese a su edad y a la "ayudita" extra recibida, estaba bastante bien dotado, el paso de los años pudo haber hecho mella en su cuerpo, no así en su virilidad, más allá de la molesta impotencia inicial, claro. Con la conchita ya chorreándome a cuatro mares, me le subí encima, ensartándome plácidamente en tan apetecible porongazo. Ahora sí que la tenía dura, durísima, acerada en extremo, con las venas enardecidas de tanta excitación. Para cuando empecé a moverme, a mi manera, con singular destreza y entusiasmo, agitando mis voluptuosos pechos de un lado a otro, el rostro del vejete se contrajo en un rictus de exaltadísimo arrobamiento. Yo le marcaba el ritmo desde arriba, fuerte-fuerte, despacio-despacio, disfrutando cada centímetro de ese renovado esplendor que exacerbaba y glorificaba mis sentidos. ¡Dios salve a los científicos y a sus milagrosos descubrimientos! Selección de cuentos de ajedre
En cuestión de minutos el viejo impotente y prostático aquel se había convertido en todo un semental, y, aunque no se moviera mucho que digamos, con un chotazo de esos yo encantada de hacer el desgaste. En algún momento le tuve que agarrar las manos y llevarlas hacia mis pechos para que me toda entera, una y otra vez, una y mil veces, como si mi cuerpo y hasta mi propia vida dependiera de esas profundas y certeras penetraciones. De solo pensar que ese era el hombre más viejo con quien me hubiese encamado jamás, y que, incluso, hasta tenía edad para ser mi padre, me volaba la cabeza, estimulando mi ya de por sí desatada libido hasta límites incontrolables. - ¡Ayyyyyyyyyyyy, papito, qué pija más dura! . ¡Y qué grandota! … ¡Me vas a romper toda! … ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh! … - le decía entre exaltados jadeos, echando la cabeza hacia atrás, revoleando los pelos, sacudiéndome espasmódicamente en torno a tan vigoroso artefacto. Desde que empecé a cabalgarlo que no dejaba de mojarme, empapándome profusamente, ahogándome en mis propios efluvios, gimiendo y jadeando como una condenada, deshaciéndome suspiros intensos y estremecedores. Al rato ya estaba en cuatro, bien afirmada sobre la cama, la cara hundida en el colchón, la colita levantada, aguantando dignamente los soberbios combazos que el redivivo vejete me propinaba desde atrás. Me la metía toda, hasta los pelos, abriéndome de par en par, machacándome las entrañas a puro pijazo. Hacia rato ya que cogíamos y el viejo seguía duro, extraordinariamente duro y erecto, inalterable pese al prolongado desgaste que arrastraba. En algún momento se detuvo, evidenciando ya síntomas de agotamiento. Selección de cuentos de ajedre
Entonces fui yo la que empezó a moverse, subiendo y bajando la pelvis para buscar el tan ansiado acople, la anhelada fusión, revoleando mi colita en pos de tan imponente y eximia dureza. El viejo bramaba de placer, aferrándome de las caderas para acompañar mis desaforados aunque efectivos movimientos. Todo mi cuerpo, y hasta mi alma y mi espíritu se convulsionaban ante los demoledores ensartes que yo misma reclamaba. Mis orgasmos se sucedían uno detrás de otro, sin respiro ni descanso, plácidamente concatenados, sumiéndome en una acabada constante, con principio pero sin final. Me corría tanto que iba a terminar deshidratándome. Cuando se la chupé de nuevo, volví a sorprenderme ante los efectos de aquella maravilla química. El viagra sí que hacía honor a su reconocida fama. Exhausto, aunque todavía bien alzado, el viejo se tumbó de espalda en la cama, la pija apuntando hacia el techo como un imponente obelisco de carne. Me acomodé encima, prácticamente de cuclillas, y con la incitante habilidad que me caracteriza, me la ensarté por el culo. Pese a que estoy ya bastante avezada en lo que a sexo anal se refiere, aquella dureza exquisita me estremeció. Tras ese impacto inicial, empecé a subir y a bajar, primero muy lentamente, permitiendo que mi dulce ojetito se amoldara al bravío y férreo invasor; pero ya una vez que me hube acostumbrado a semejante volumen, mi ritmo se volvió por demás intenso y acelerado. No mucho después el viejo acabó en una forma tremendamente caudalosa y efusiva, soltando la suficiente cantidad de esperma como para rebalsarme ambos orificios, y unos cuántos más también. Selección de cuentos de ajedre
Luego de un poco más de dos horas de un permanente y continuo mete y saca, su verga comenzaba ya a evidenciar cierta flaccidez. Dejando que el semen, bien caliente y espeso, discurriera por entre mis muslos, gocé divinamente, disfrutando esas magníficas sensaciones que, convergiendo, inicialmente, en un punto específico, se extendían luego por todo mi cuerpo, envolviéndome con una voluptuosidad sin par, inigualable, imposible de concebir en otras circunstancias. Sólo una pija es capaz de semejante hazaña. - ¿Cómo te llamas, linda? - me preguntó cuando me recosté a su lado. - Lorena - le dije, acurrucándome junto a él, conmovida, todavía, por los efectos del polvo. Entre agotados suspiros el viejo se quedó profundamente dormido. Y aunque aquí es donde, habitualmente, debería decir. y colorín colorado., una nueva sorpresa me estaba esperando. Pero, bueno, esa te la cuento la próxima. Sólo te adelanto que al rato, y mientras el viejo dormía, llegó su hijo. ¿Te imaginás lo que pasó? Guardame algo de leche.

Source: http://perso.wanadoo.es/raist13/cuento142.pdf

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